Una mirada a la violencia de nuestros días.

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Basta mirar la tele por un rato, para comprobar que hay violencia: acá, en Plaza de Mayo, o allá, en las tierras de “Las mil y una noches”. Abrí el Facebook por un rato y entrégate a la disidencia de las facciones: los “M” contra los “K” y viceversa entre otros debates

Basta otro distinto para que la violencia aflore. Porque puedo estar enojado con mi vecino, pero si vienen los pibes de la otra cuadra, me junto con él para hacerles frente, aunque también me uniría a los de la otra cuadra, si vienen los del otro barrio. Y así, los de River y Boca terminan llenando un Monumental para alentar a la Selección. Porque los brasileros son pero nosotros somos los mejores del mundo.

¿Qué necesita la violencia?

Entonces, en esto de la violencia, no sólo falta un otro, sino también, una mirada cerrada y cristalizada de ése otro. El otro es y yo soy seguramente muy distintos. Al punto de que el otro está mal y yo estoy perfecto. La violencia, está soportada por una forma de ver muy definida a la que llamo arrogancia o mirada única, porque, aparte de la mía, no hay otra mirada válida.

Por lo que vengo escribiendo, quizás te estés diciendo que pensar distinto está mal. No es eso, a lo que apunto es: querer tapar al otro con tus opiniones acerca de lo que está bien, es el principio de la violencia. Y cuando digo tapar, digo no dejar aparecer al otro como un auténtico otro. Con sus propias vivencias, con su historia, con su capacidad de reflexionar. En arrogancia, tu forma de pensar rebate cualquier otra posibilidad distinta.

Decía Nietzsche algo como que “no hay posibilidad de violencia entre iguales”. Y ahora, pensá: eso, que se cree verdadero, nos pone en una situación asimétrica respecto del otro. El que está bien, se erige por sobre el que no lo estaría; rige sobre su accionar. Sin ánimos de ofender a nadie, mirá las grandes instituciones que detentan “alguna verdad”. Por ejemplo, la Iglesia.

Para ella, el tener sexo con condón es un atentado contra la vida, si lo haces, te condena ¿Quién condena? Aquel que tiene poder para hacerlo: un juez. “Estar” del lado de la verdad, habitualmente, nos convalida una posible sanción.

¿Qué genera la violencia?

Pensemos por un instante: ¿cuál es la emoción de la violencia? No me veo ejerciendo la violencia, alegremente. Sí puedo ser agresivo, en la manera que venimos hablando, desde el enojo. Entonces “como lo que el otro dice está mal, y debe decirse lo que a mí me parece bien, me enojo”. Puede que lo que diga a continuación resulte polémico, pero no hay nada en la naturaleza que nos diga lo que debemos hacer o como debemos ser.

No hay patrón contra el que contrastar. Llegamos a esta vida sin manual de instrucciones. Hemos inventado ciertas herramientas como la ética y la moral. Incluso la justicia, para regular esos aspectos, pero no estaban aquí cuando llegamos. Las inventamos, son nuestras creaciones y como tales, sirven a un fin bien definido.

Muchas veces creemos que algo es obvio, que se debe actuar y ser de cierta manera, pero está más que probado que lo obvio no suele serlo para todos. Sólo cuando lo obvio se conversó y se acordó, puede ser obvio.

Si hay acuerdo, entonces podes reclamar, exigir por aquello que no apareció. Nada ni nadie obligó al otro a decir que sí a ese acuerdo. A diferencia del reclamo, hay otras dos formas inefectivas de canalizar el enojo que son la queja y el castigo. Como dijéramos de otra forma. La violencia tiene que ver con el castigo: con el uso de un poder (psicológico o físico) para dañar al otro o hacerle entender cuál es el lado correcto.

¿Cuál puede ser, entonces, el camino a la paz?

Lo primero que podés hacer es preguntarte para que deseas imponer tu forma de pensar ante el otro. Sí ganas, ¿qué ganas? ¿Ganas algo? ¿Son tus más altos valores los que están en juego o sólo es una idea que no sabes ni de dónde salió?

Podés reflexionar sobre cuánto de aquello por lo que peleas, se transforma en acciones tangibles en tu día a día. ¿Cuántas peleas familiares habremos y ninguno de los dos contrincantes era conocido por hacer lo que decía?

  • Revisá si hay un acuerdo, o si caíste en la trampa de la obviedad. Si no hay acuerdo, hay aire, nada. Un Quijote peleando con los molinos.
  • ¡Aceptá! El otro es como es. Hace las cosas que quiere o puede ¿Quién te dio el poder de salir a cambiar a los demás?
  • Asombrate. Porque en las discusiones totalmente antagónicas. Hay mucho de lo mismo: hay un amor de que ciertas cosas pasen, distintas quizás, pero en la esencia de ese amor podemos reconocernos en el otro quiere o puede ¿Quién te dio el poder de salir a cambiar a los demás?