Petite Mort

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Pocas cosas asustan tanto como la sensación de felicidad y es porque, precisamente, la experimentamos como un estado que, como tal, es transitorio.

Encarnamos la felicidad como una “petite mort”, como un instante, como la convergencia de lo mágico, lo dulce y lo ideal materializado en un momento fáctico, tangible e ineludiblemente agotable.

El estado transitorio de felicidad es, sin dudas, una pequeña muerte, aquella que dicen que se experimenta en el momento exacto en el que se rompe un abrazo, en el que lentamente nos alejamos y dejamos de sentir el otro cuerpo, el cuerpo propio. El amor traducido en unos segundos de calidez indescriptible que no quisiéramos soltar, el perfume que nos torturará insistentemente en recuerdos, ese momento que “rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza”.

Pocas cosas asustan tanto como la sensación de felicidad porque, al igual que la existencia misma, nos recuerda que somos finitos, que somos instantes, que somos historias que empiezan y terminan constantemente y que, por tanto, aquel micro momento en el que estamos siendo felices pronto terminará y dará paso al insoportable vacío de nuevo.

La sensación de felicidad es inconmesurablemente pasional y nos encuentra sonriendo sin motivos, nos encuentra sumergidos permanentemente en melodías, en palabras propias y ajenas, nos encuentra enredados en sueños que tenemos mientras estamos despiertos y, de repente, nos congela, nos paraliza, nos pone en pausa para intentar saborear nuestra pequeña muerte; allí tiene paso el miedo de no poder perpetuar ese estado, de no poder controlar la finitud de nuestros momentos, de no saber cuándo volveremos a tener la oportunidad de sentirnos así de completos.

Entonces, para encontrar una sensación más perpetua de felicidad hay que estar dispuesto a dejar de lado el miedo a vivir muriendo, porque es, precisamente, en las pequeñas muertes donde se fundan los instantes más dulces y eternos.