Un milagro paraguayo para contrarrestar una maldición argentina

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Antonio Sanabria, apodado Tonny, es un chico de 21 años que se fue de muy joven a Europa. Pasó por la Masía, la fábrica de cracks del Barcelona, y cerca de Messi y Mascherano debutó en la división B del club catalán. La Roma lo siguió y lo compró, pero lo prestó al Sassuolo y luego retornó a España para jugar en el Sporting de Gijón y en el Betis. Esta breve reseña de su carrera no dice mucho, pero Antonio Sanabria, apodado Tonny, le devolvió hoy el alma a 45 millones de argentinos con un gol milagro.

¿A que juega la selección?

La selección quiso hacer todo para ganar: cambio de cancha, de jugadores, de sistema, hasta de cantante para el himno; y en el camino hizo todo para no ir al mundial. O casi todo. Pero el destino quiere que el corazón siga latiendo.

En La Bombonera y con La 12 en pleno -¡rápidos los muchachos para comprar las entradas por Internet, eh!-, Sampaoli plantó un equipo con cuatro defensores (Acuña como lateral volante por izquierda), Mascherano adentro, sus fetiches Biglia y Banega para conducir, extremos a pierna cambiada para profundizar. Messi suelto y Benedetto de nueve. De todo lo que planeó, se vio poco más por el aturdimiento emocional de los jugadores que por el juego en sí. Y encima, cuando hubo algo, la pelota nunca terminó adentro.

Messi tuvo la primera en una buena jugada planificada en un córner. Di María -en su única acción positiva en los 45 minutos que jugó- tiró un pase fuerte direccionado hacia el diez, que anticipó a su marcador y sacó el zurdazo. El azar dijo no por vez primera: rebote en un defensor y afuera.

El labor de Peru

El fervor popular duró poco, fue pura efervescencia de calma instantánea. Una vez que el gol tempranero no llegó, los nervios comenzaron a trabajar afuera y adentro. Con el estadio expectante y sin jugar, los protagonistas iniciaron el proceso de parálisis. Perú colaboró con un planteo inteligente: defensa laboriosa, control del balón para sostener el equilibrio del partido y atacar por afuera cuando se pudiera. Así lo hicieron en la más clara de la visita en el partido: Mascherano y Acuña durmieron y Farfán erró por nada lo que hubiera sido un disparo en la sien.

Con las bandas apagadas y los conductores atorados, todo comenzó inexorablemente a depender de la inspiración de Messi. Leo tuvo un primer tiempo discreto: impreciso, irresoluto y bien marcado por los volantes peruanos. Pero siempre garantiza chispazos. En una diagonal clásica de derecha hacia el centro sacó el zurdazo y con un leve desvío la pelota se fue pegada el palo. Después, se la puso en la cabeza a Benedetto y el goleador del fútbol argentino, en la última del primer tiempo, la tiró afuera.

Di María en modo autito chocador fue reemplazado por Rigoni en el entretiempo. Pero quizás la charla de Sampaoli funcionó más que el cambio, porque el equipo salió a jugar con otra intensidad. En un minuto tuvo tres situaciones clarísimas. Primero Benedetto, que apareado con un defensor no logró definir bien; en el rebote, Messi anticipó y estrelló la bocha en el palo. Después, Biglia sacó un misil y Gallese se erigió en figura. Malas señales.

Otra vez Gago

Las fatalidades continuarían hasta niveles insospechados. Un apático Banega salió para que Gago entrara con frescura. Y parecía. En la primera, Fernando le dio una asistencia bárbara a Rigoni, que apenas estaba adelantado. El ex atacante de Independiente tuvo en sus pies la jugada más clara del partido. Recibió un buscapié en el centro del área tras un jugadón de Messi, pero el defensor peruando evitó su gol de forma heroica.

La ilusión de Gago se convirtió en martirio. En una maniobra desafortunada, se rompió los ligamentos. “Fue un mazazo”, manifestó luego del partido Sampaoli. El equipo lo sintió y aplacó el ritmo. La desesperación se acentuó y solo, como siempre, chispazos de Messi, sostuvieron la esperanza de triunfo. Un pase preciso a Benedetto que el Pipa definió mal al cuerpo del arquero y otra asistencia al Papu Gómez que el extremo de Atalanta resolvió de forma similar. Entre ansiedades y nervios, hasta el propio Messi entró en el pozo anímico y terminó chocando contra todo el Perú. Estrellando remates contra lo que se cruzara en su camino. En el final, ya sin chances de triunfo, hasta pudo ser derrota. Romero controló un buen remate de Paolo Guerrero.

Vergüenza, pánico, miedo, resignación, frustración, desazón. Todo eso y más deben haber sentido los jugadores argentinos desde que escucharon el pitazo final hasta que entraron al vestuario. Ahí se habrán enterado de algo que quizás les cambió la cara. El gol milagro sobre la hora de Tonny Sanabria en Colombia que le permite a Argentina depender de sí mismo para ir a Rusia.

¿Como queda el panorama para no necesitar un milagro?

El panorama es el siguiente. Si Argentina gana el martes en Quito, se asegura de mínima el repechaje. A estas alturas, agua en el desierto. Recordatorio: el repechaje es contra Nueva Zelanda y no al rugby sino al fútbol. Más fácil.

La forma directa con victoria

Para clasificarse al mundial de forma directa ganando en Quito, debe ocurrir una de estas circunstancias:

  • Perú y Colombia empaten en Lima.
  • Perú gane por menos de lo que Argentina le gane a Ecuador (Argentina y Perú tienen la misma diferencia de gol).
  • Chile no gane en Brasil.
El empate no es derrota

El panorama que entregan las matemáticas y las posiciones es alentador. El problema, entonces, es endémico: ¿Cómo ganar en Quito? Los números brindan algo de alivio en caso de un empate en la altura. Sí, incluso sumando un punto, Argentina podría ir al repechaje si se dan dos de estas circunstancias:

  • Colombia le gana a Perú.
  • Paraguay no le gana a Venezuela en Asunción.
  • Brasil vence por dos goles o más a Chile.

En caso de empatar, hay chances, pero Argentina depende de otros resultados. Lo mismo ocurre en caso de derrota. ¿Qué, hay posibilidades de ir al mundial perdiendo en Quito? Por insólito que parezca, sí. Se deben dar estos dos escenarios.

  • Paraguay no le gana a Venezuela.
  • Colombia le gana a Perú por uno o más goles que Ecuador a Argentina.

Habrá que ganar, entonces, para no depender de nadie. O sumar un puntito y agarrar la calculadora. O perder. Y rezar.

 

 

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