Inmessionante: ¿para que esta la selección?

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Él, quien aparenta tener la anuencia para ingresar en el área rival. Aquel que nos desvirtúa del contexto y transforma algo tan complejo en algo tan simple.

Lo preponderante para él es llevar esa esfera bajo la influencia de sus dos extremidades inferiores hasta un tejido al final de una llanura que por momentos parece no tener fin. Solo eso. Lo demás no importa. Cuando los gajos pentagonales no tienen más ruedo y son devorados por los tres palos se acaba la magia. El motor inspirador de regates se esfuma.

Como un niño atolondrado corre, se ensucia, se revuelca, se cae, se reincorpora y termina la jugada. No mira el tiempo, no escucha el silbato, no reclama, no finge. Mientras escribo ésto, la RAE se plantea incorporar el término “inmessionante” al diccionario.

“Y pero si es tan grande y tan bueno ganaría un mundial” tiene como enunciado de cabecera el ambiente popular. ¿Cómo explicarles? ¿Cómo hacerles comprender que si uno de los rivales lleva por nombre Messi automáticamente jugamos con siete porque los otros cuatro tienen que hacer lo que uno solo no puede? ¿Cómo advertirles que por culpa de esos cuatro balones de oro el mundo ahora está preparado?

Pareciera que la parsimonia afecta a todos menos a él. Tal y como la mano del hombre opaca a la naturaleza, Messi debe superar día a día la prueba de que el mundo concientizo que su juego es un milagro de la naturaleza y como tal milagro hay que destruirlo.

De fracaso en fracaso. Desde Sudáfrica hasta el penal errado por Tévez. Pareciera como si esos colores vieron la luz dorada por última vez gracias al talento del guapo del 86. “Ese sí que jugaba” repite generación tras generación.

Después de 28 años de inadvertidos, como última esperanza aparece él en la escena. Él, que fue secuestrado por los alemanes en 2010 y se volvió a frustrar con Uruguay en 2012. El público dejo de creer.

El amistoso en Bucarest multiplicó las dudas, la caída de su club en Champions producto de su ausencia desmesurada en el campo fue la gota que rebalsó el vaso. Como si no tuviera deseos de jugar, como si la introspección no encontrara su esencia.

Envuelto de críticas y sin poder encontrar su juego, sus records siguen apareciendo por algún que otro penal. Pequeño aporte a la monstruosa cifra que consiguió los años anteriores. Quizás no quiera pasar sobresaltos para llegar a Brasil de la mejor manera. Trato de no pensarlo demasiado.

El pueblo argentino deposita su fe en un futbolista que aún no le dio nada y que no llega en su mejor momento pero que pese a este contexto abrumador representa el poderío más fuerte que veremos en 2014.

Las voces de la crítica en mi cabeza serán elogios a mediados de Julio, nadie recordará lo que pasó antes, el mundial hay que jugarlo. Algunos creerán que trato de autoconvencerme y quizás tengan razón. Pero la mirada expectativa y hambrienta de gloria del diez me resulta de argumento suficiente para seguir creyendo que su aura de campeón traerá la tercera.

Línea a línea, cada párrafo se complica más que el otro, porque los días restantes para el debut se cuentan con los dedos de la mano. Y en esta instancia abruma la impaciencia. Mi historial de Google evidencia esta espera enfermiza. “Sabella”, “Messi”, “Selección Argentina”, “Mundial 2014” y demás expresiones del síntoma, cualquier resultado de búsqueda que brinde información nueva permite palpitar la copa un poco más de cerca.

Para colmo aparece un condimento infaltable en vísperas de los mundiales; el narcisismo argentino.

Nuestro país es conocido por cuestiones tales como el mate, el tango y el asado, pero si hay algo que representa puramente al argentino es sin lugar a dudas el espíritu egocentrista. No importa la cultura, la política ni la historia, siempre somos mejor que el vecino de al lado.

Con el fútbol pasa algo similar, todos los mundiales Argentina es campeón, aunque la cruda realidad nos muestre una versión distinta. Curiosamente, el argentino siempre encuentra una excusa cuando los resultados no lo favorecen: La pelota uruguaya del 30, la expulsión de Rattín en el 66, la negligencia de Codesal en el 90; año tras año nos alimentamos de justificaciones falsamente argumentales.

Paradójicamente los dos títulos conseguidos antes traen consigo un gol con la mano y un triunfo 6 a 0 con la visita de Videla al vestuario adversario. Pero nadie recuerda eso, fuimos campeones porque somos los mejores.

Para el 2014 auguro que Argentina será la niña mimada de la FIFA, no quiero extenderme con los intereses políticos y económicos de la asociación lucrativa que ensucia el buen fútbol, aunque debo aclarar que éste año parece estar de nuestro lado.

Discrepo de aquel que sostiene que el mundial está arreglado de antemano, porque el mundial se juega y se gana porque el fútbol es algo puro. Al menos trato de que esa idea termine de ser concebida en mi consciente. Es cierto que el camino a la final muestra la bendición de algunos y la desgracia de otros. España llegó al 2010 luego de un grupo accesible (que por momentos lo complicó) y una fase eliminatoria no tan compleja en donde Portugal y Paraguay no estuvieron a la altura de las circunstancias. Resulta obvio que fue el merecido campeón, pero es de sabios reconocer que llegaron a semifinales en piloto automático.

La FIFA no designa campeones aunque sí  facilita su llegada al podio. Argentina comparte un grupo sumamente accesible y los posibles rivales de octavos y cuartos de final no presentan complicaciones muy severas.

Quizás Bélgica sea la espina del camino debido a que Portugal contará con un Cristiano Ronaldo exhausto por su campaña en el Real Madrid. Si bien en un mundial no es apropiado subestimar a ningún equipo, debemos recordar que hace cuatro años los teutones nos vapuleaban con un resultado difícil de digerir.

En tanto, hace años que la FIFA quiere convencer al estereotipo del futbolero de que Diego Maradona no es un ejemplo de ser humano ni mucho menos un dios. El astro argentino tiene una relación muy distante con la entidad máxima del fútbol que jamás le entregó un premio por su trayectoria futbolística como si lo hizo con “O Rei” Pele.

“Para la FIFA hablar bien de Maradona es pecado. Quizás porque como Platini, Pele, Beckenbauer van a la FIFA, entre ellos tres están los mejores del mundo. Cuando yo les gané a todos pasé al bando contrario. Pero yo jugué al fútbol como ellos. Lo que pasa es que yo no me puse la corbata”  aseguraba Maradona hace poco más de una década.

En suma, ¿Que mejor manera de destituir al ídolo máximo del fútbol argentino que facilitándole a su habilidoso compatriota y heredero del trono la llegada a instancias finales del torneo?. Además, el modus vivendi del ex jugador adiciona una necesidad pronta de destronarlo del pedestal en el que se encuentra.

Pero hay que hablar de fútbol y olvidarse un poco de la burocracia del deporte. La selección argentina llega a Brasil 2014 en un gran momento. Esta es una excelente oportunidad de exonerarse de las frustraciones pasadas.

El plantel se armó en base a nuestro mejor jugador y el mecanismo del equipo fue más que aceptable. Primeros en las eliminatorias, buenos resultados, algunos aciertos de Sabella y la mera presencia de Lionel Messi permite ilusionar al pueblo argentino. De todas maneras el mundial está hecho para uno solo.

Aquel que no solo necesita un equipo sólido, un grupo accesible y un buen técnico, sino que requiere de un valor agregado. Aquello que trasciende por encima de lo futbolístico, aquella mística que reaparece cada cuatro años; la maravillosa y elemental suerte del campeón.