El final, el adios

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Por mera costumbre las ediciones finales de mis artículos suelen tomar cierto protagonismo. Lo hago en primera persona, para que mi sentir se apropie de mi discurso. Para que por momentos el fanático pueda medirse con el profesional. No más que eso.

En la vorágine qué se me presenta en la hoja en blanco me inquieto más de lo habitual. Porque esto no era lo que pensaba escribir. Lo vuelvo a pensar, lo reflexiono y aun así no encuentro manera de creer que lo noticiable me predispone de otra manera. A no malinterpretarme, esto no tiene que ver con el resultado. No implica para nada que la final sea un replay exacto de lo que sucedió en Santiago. Por momentos creí que era una final grabada, que cuando terminara estaría el verdadero partido. Como si fuera un tentempié de la previa.

Se escapó. Se volvió a perder una final. No hay equivalentes validos para asumir el dolor de esta derrota. No se encuentran ni se encontrarán. Y es ilógico pensar que nos joroba más que el mundial. Pero, aunque nos moleste hay que decirlo. El estigma más grande es repetir la manera. De no poder concretar el sueño de millones. De ser una vez más lo que fuimos en las dos finales pasadas.

Ahora me pregunto como es posible perder con Chile dos veces de la misma manera. Como puede suceder. Ni en la peor pesadilla uno lo imagina. Todo lo que había percibido en los cinco partidos anteriores se esfumó. Así, de manera repentina. Como si algo estipulara qué sucedería eso. Porque más allá de lo que se haga la historia no cambiaría. Y pese a tragar la angustia de una nueva derrota jamás se creyó que el post partido seria una herida aun más lastimosa. Después de todo no podía suceder algo más grave como perder nuevamente una final. La catástrofe ya era catástrofe con mirar el resultado. Aunque se podía complicar un poco más.

Intentando encontrar consuelo mediante el zapping me topé con la noticia. Una historia que mi preconsciente esperaba en algún momento. Como si estuviera predispuesto a que lo dijera en alguna etapa de su vida. Y el momento llegó para infortunio de los que amamos lo que hace este tipo tanto dentro como fuera de la cancha. Hasta acá llegó el compromiso de el mejor de todos. Lionel Messi ya no será parte de la Selección Argentina.

Suspiro. Releo el graf. Realmente está sucediendo. Y digo no puede ser, pero si puede ser. Luego de una pequeña introspección me digo a mi mismo que está bien. Se cansó de la frustración, se cansó de perder por algo que jamás le dará ni le dio nada. Porque no hace falta decir que su fastidio pasa porque el avión no despega a horario o porque Agüero le pega al arco apenas tiene contacto con la pelota. Hay más cosas, y lo que hasta ayer creíamos qué era un carnaval se transformó en un infierno en 120 minutos.

Con lágrimas en el campo y con palabras crudas luego de las duchas se despide el mejor jugador del mundo. Cierra una puerta con tristeza, decepción y desazón. Su compromiso no cambió el resultado de la copa pasada, fue el mismo o incluso más dramático por el malogre de su penal. Duro, pero los mejores también erran.

Y ahora el vacío. La nada misma. El deseo de que reconsidere su postura, aunque también el anhelo de que la realidad de la selección cambie en los próximos meses. Que la AFA no sea un cocoliche, qué los jugadores se comprometan con la causa. Que se examine la psicología de todos.

Que la vida muestre qué esta historia no terminó. Que sus jóvenes 29 años encuentren explicación a una nueva frustración. Que el fútbol no deje de ser fútbol. Que de una vez por todas nos quitemos esta mochila. Que este mísero país le agradezca cada uno de sus intentos por estos colores. Nada más, solo el final.