De mil amores

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Si hoy volviera a encontrarme con algunos amores del pasado, si se encontrara cada uno de ellos cinco minutos con la mujer de hoy, quizás ella tendría mucho que decirles, quizás, desde otro lugar más sólido, más mujer, pero igual de pasional, podría explicarles muchas cosas. O quizás estas son solo hipótesis espurias y yo solo me quedaría en silencio…

Si me cruzara con uno de ellos le preguntaría si después de fumar ese último cigarrillo, de tomar esa última copa de vino, de cerrar aquella puerta, de dejar correr el tiempo, y, finalmente, de besar a otras personas, no comprendió que teníamos nosotros una chispa única. Le preguntaría si el ruido que hacían nuestras risas y nuestras conversaciones profundas, analíticas, desvariadas y metafísicas no le pareció irrepetible.

Lo invitaría a pensar si, a pesar de que me llevaba algunos veranos de ventaja, no éramos nosotros notas armónicas, piezas que encajaban, a veces a fuerza de caricias y negociación política, pero encajaban bien.

Le preguntaría a algún otro qué opina del tiempo, de las cicatrices, del dejar fluir… Le explicaría que ese era nuestro momento, solo que él se negaba a verlo porque tenía miedo ¿de quererme? No lo sé, pero le aterraba que alguien, después de tanto tiempo, le ofreciera todo a cambio de poco, a cambio de nada, que alguien pudiese quererlo tan pura y desinteresadamente.

Le explicaría que a veces se trata de dejar que las cosas se salgan de control, que la vida nos sorprenda, que nos cambie los planes sobre la marcha, que nos lleve a un lugar impensado y de la mano del último ser de a Tierra que se nos hubiese ocurrido, que nada es definitivo, que todo se acomoda y que siempre es mejor arriesgar.

Si me encontrara con aquel otro le diría que no se contenga más, que descansar únicamente en los placeres del sexo es un placebo insostenible en el tiempo, porque después de algún tiempo uno necesita que lo sepan abrazar, que los besos tengan ese gusto a algo más.

Le diría que deje de preocuparse por los de afuera, por las poses, por los comentarios, que todo se trataba de darme la mano y caminar, porque yo nunca tuve miedo, porque yo nunca tengo miedo, y menos cuando él estaba cerca.

Le diría que podríamos haberlo tenido todo, al menos por lo que durara, pero jugando todas las cartas, arriesgándonos a más, disfrutando de la compañía perfecta que nos daba el otro. La mujer de hoy podría seguir explicando, preguntando y recordando mil amores más, pero hay que seguir, hay que dejarse encontrar por otro amor.